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A los profesionales de la sanidad pública: gracias

      Javier Lizon Manifestación contra los recortes en Sanidad, en Madrid.

 

MARTES, 31 DE OCTUBRE DEL 2017 – 08:30 H

El viernes 13 de octubre muy de madrugada me ingresaron de urgencias y al finalizar el día despertaba en una habitación en el Hospital de Sant Pau tras haber pasado por quirófano para que me extirparan la vesícula biliar.

Quiero hablar de ese chico cordobés de veinte y pocos años de la ambulancia, que hace turnos nocturnos de 12 horas, de 7 de la tarde a 7 de la mañana, con gran sacrificio en su vida social, pero con la ilusión de que todo su esfuerzo se vea recompensado con la experiencia que gana y las posibilidades de llegar a conseguir un turno más conciliador con sus expectativas vitales.

Quiero hablar de esa enfermera de urgencias que hace guardias, con un tatuaje en el brazo de un búho, que es súper fan de Harry Potter, y que me muestra con orgullo cómo el búho aguanta una Snitch Dorada y que es un tatuaje diferente, personal.

Quiero hablar de los celadores, que se manejan con las camillas, por pasillos estrechos y llenos de movimiento, con una seguridad y suavidad mientras te dan una conversación agradable y una sonrisa.

Quiero hablar de las enfermeras de “monitorización”, que te cuentan que les ha llamado la atención la nueva película de Michael Fassbender, El muñeco de nieve, y que tienen ganas de ir a verla al cine.

Quiero hablar de la doctora peruana que me hizo la primera ecografía, con quien intenté (sin mucho éxito) jugar a adivinar de dónde era su acento. Y su compañero, también peruano (hice un poco de trampas esta vez) que vino a echarme un segundo vistazo.

Quiero hablar de las doctoras, que con mucho tacto, tranquilidad y claridad me informaron del diagnóstico y de en qué consistía la operación.

Quiero hablar de Jing Huang (espero escribirlo bien, me dicen que la conocen como Gina), la cirujana que me atendió antes de la operación con quien nos reímos cuando sonó la melodía de Star Wars en su teléfono de trabajo y hablámos de cómo me imaginaba el quirófano antes de entrar y de cómo sentiría el efecto de la anestesia.

Quiero hablar de los demás cirujanos y anestesistas, aunque no los recuerde (estaba ya dormido). Hicieron un gran trabajo.

Quiero hablar de las enfermeras que se ocuparon de mí en los días posteriores. Tantos nombres se mezclan en mi cabeza (Merche, Lola, Ester, Marta…), que aún y ofreciendo una atención excelente se disculpaban por ser tan pocas y la falta de disponibilidad en los turnos de fin de semana. Que mientras Galicia ardía, sabiendo algunas que tenían familiares allí, ponían la máxima atención en sus pacientes. Que escuchaban todo lo que tenías que contarles y te contestaban entre sonrisas y con alegría.

Quiero hablar de la enfermera en prácticas que, bajo la mirada de su supervisora, me quitó la sonda antes de que me dieran el alta como si lo hubiera hecho durante toda la vida, y que demuestra que nunca es tarde para perseguir un objetivo.

Quiero hablar de todos esos Profesionales, con mayúscula, que, en un centro que nos recuerda con los tristemente sempiternos carteles que están bajo el asedio de los constantes recortes a la sanidad pública. De todos ellos, que ante todo son personas. Personas con sus aficiones, sus preocupaciones, sus sueños, sus problemas. Pero personas que cuando se ponen su uniforme de trabajo, de profesional de la sanidad, ponen a los pacientes, tú, yo, nosotros, antes que cualquier otra cosa. Y día tras día demuestran una profesionalidad y amabilidad que les honra en todos los niveles y que solo soy capaz de entender si hablamos también de verdadera vocación.

A todos ellos. Gracias. Gracias por ser como sois. Gracias por cuidar de nosotros.

elPeriódico

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Cada noche es el Día Mundial de la Enfermería

carles-capdevila

Aunque el artículo es de hace unos meses, lo difundimos como muestra de reconocimiento  a un colectivo imprescindible en la atención integral al paciente.


Desde hace meses para mí cada día es el Día Mundial de la Enfermería, no sólo el 12 de mayo. Desde que soy fan de este colectivo –de la forma más interesada, porque las necesito, y de la forma más agradecida, porque hacen mucho más que curarme, cuidan de mí– me doy cuenta del trabajo impresionante que llevan a cabo y de cómo llegan a ser de invisibles. Lo eran para mí mismo hasta que descubrí que cuando la medicina me trataba a trozos eran ellas -y algún él– las que más y mejor entendían que somos personas enteras. A pesar de ser su fan incondicional, será bienvenida la autocrítica y que el 5% de personal autoritario con alma militar y el otro 5% que se confunde y trata de forma infantilizada no estropeen la imagen ni la profesionalidad comunicativa del 90% de personal de enfermería que honra a Florence Nightingale cada día y cada noche.

Tenemos un sistema sanitario mejorable y al límite, pero de calidad y que funciona. Debemos agredecerlo y defenderlo. Ahora bien, la medicina tiene el reto de humanizarse, de comunicar mejor con el paciente, de ser más empática, ser integral y poner al enfermo en el centro. De entender que el estado de ánimo y las emociones a veces tienen como mejor medicamento una mirada cómplice, una sonrisa, un gesto cariñoso o una información bien dada. Y que no se trata sólo de salvar o alargar vidas, sino de acompañar y garantizar la calidad de estas vidas. Que cuidar es mucho más que curar. Para hacer este cambio la medicina necesitará empoderar más a la enfermería. Los profesionales a pie de cama son los que controlan más información sobre lo que tiene el hospital entre manos, porque todo pasa –literalmente– por sus manos. Y el colectivo tendrá que encontrar la manera de generar discurso, luchar por el protagonismo que los medios le negamos, tener referentes reconocidos y reivindicarse no sólo laboralmente –que también– sino diciendo en voz alta que como personas que cuidan de las personas pueden y deben ser la fuerza y el motor del cambio.